Ya se ha pasado la semana de nubes y lluvias. A través de la ventana sólo lograba ver el suelo mojado de la calle, sin poder localizar ni un rayo de sol que me calentara un poquito las orejas. Estos días grises me ponen el pelo de punta, pues en casa habita un fantasma que puede hacer acto de presencia en cualquier momento. Fue hace bastante tiempo, recién llegada yo a este piso, que comenzaron los fenómenos paranormales. El primero de estos sucesos fue la caída libre, desde la estantería más alta del salón, que sufrió un jarrón artesanal que David y Bibianna habían comprado en Asturias. Como el jarrón en cuestión llevaba una cinta que cosía el barro negro, tras un juicio sumarísimo, a sabiendas de mi debilidad por las cintitas, decidieron culparme a mí. Así que ante tal injusticia comencé a investigar. La primera pista que encontré fueron unas huellas de patas encima del televisor y raíz de ahí fui descubriendo la existencia del fantasma. Casi cada día encuentro una manta de huellas negras cubriendo la porcelana del lavamanos del baño; compruebo que ciertos objetos, como mecheros o bolígrafos, se desvanecen y que misteriosamente en unos días se vuelve a materializar regresando al exacto lugar donde se encontraba inicialmente; descubro que a menudo alguien abre algunas de las puertas prohibidas, como la del armario que guarda la porcelana o la de los productos de limpieza. Yo casi siempre estoy cerca del lugar donde se muestra el fantasma, pues le sigo los pasos de cerca para intentar cazarle, aunque es muy astuto y difícil de atrapar. Mientras tanto, seguirán ocurriendo estos fenómenos paranormales, aunque por suerte, David y Bibianna ya no dudan de la existencia de este patoso fantasma de patas negras, y ya no alzan su dedo acusador en contra mía. Mic mic !!





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